

Los centros de datos acaparan cada vez más atención; la historia que cuento a continuación ejemplifica el fenómeno.
Joe Allen quiere saber cómo se llama el robot. Al principio, pienso que el whisky doble que nos tomamos en el bar del hotel debe estar afectándole, ya que corre como un niño en el recreo hacia un vehículo de delivery. Se supone que tengo que llevar a Allen al aeropuerto. Ese trayecto es mi último intento desesperado por quedarme a solas con él y mantener una conversación en condiciones antes de que se marche de Atlanta.
Llevo ya unas semanas en contacto con Allen, quien saltó a la fama nacional como profeta antitecnología en el pódcast War Room de Steve Bannon. Mi propósito es adentrarme en el creciente movimiento contra la IA. Yo había venido a Georgia, un punto clave de la resistencia contra los centros de datos, para asistir a una de las conferencias que Allen ha estado impartiendo por todo el país. Pero cuando llegué al evento, me dijo que tenía que marcharse inmediatamente después.
Afortunadamente, su vuelo vuelve a retrasarse, lo que significa que puedo seguirle en diversas misiones secundarias (como esta, para reunirse con unos amigos en un restaurante cercano). Se las arregla para eludir la mayoría de mis preguntas sobre sus identidades, desviando la conversación hacia temas más interesantes como la “singularidad inversa”. Se trata de su idea de que la humanidad se acercará a un punto en el que nuestro intelecto y creatividad se derrumbarán a medida que dependamos cada vez más de la IA para obtener información). Al parecer, los amigos de Allen en el restaurante tampoco saben gran cosa sobre mí. De camino, uno de ellos llama a Allen para preguntarle a qué hora calcula que llegará. “Voy a traer a un amigo… bueno, un amigo-enemigo”, se corrige, lanzándome una mirada dramática de reojo.
Hay robots de delivery por todo el centro de Atlanta. Es una de las pocas grandes áreas metropolitanas donde se están implementando para llevar hamburguesas o tacos a la gente. Allen alcanza a este (que, para mi sorpresa, tiene unas luces blancas con forma de ojos en la parte delantera) y lee un nombre en el lateral: “CJ”. Pienso en el título del último libro de Allen, Dark Aeon: Transhumanism and the War Against Humanity (El eón Oscuro: el transhumanismo y la guerra contra la humanidad), y me pregunto qué habrá sido del repartidor al que este robot ha sustituido. Sus ojos miran más allá de mí con una expresión patética y apagada.
Cuando las personas me preguntan qué hago en Georgia, les doy una respuesta sencilla. “La gente odia los centros de datos”, contesto, “así que estoy intentando averiguar si también odia la IA”. Todo eso es cierto. Pero el tema también me ha absorbido por completo. En todos mis años como periodista especializado en energía y medio ambiente, nunca había visto un nivel semejante de hostilidad contra los centros de datos. Tampoco a la furia casi religiosa que se ha acumulado en torno a su construcción, ni a la forma en que esta resistencia parece estar uniendo a personas de extremos completamente opuestos del espectro político.
Mientras escribo este artículo, un amigo me envía una publicación de una cuenta de “nacionalismo cristiano blanco” en X: una viñeta en la que Smokey Bear (el oso Fumarola) aparece de pie frente a una estructura en llamas parecida a un centro de datos, con el texto “SOLO TÚ PUEDES EVITAR LOS CENTROS DE DATOS”. “¿Qué está pasando?”, pregunta mi amigo. Intentaré explicarlo.
La evolución de los centros de datos
Hubo un tiempo en el que quizá vivías al lado de un centro de datos y nunca habías oído hablar de él.
Durante las últimas décadas, se han construido discretamente centros de datos por todo Estados Unidos, sobre todo en zonas con conexión de fibra óptica y cerca de fuentes de energía; Silicon Valley y el área de Washington DC eran opciones muy populares. Ayudaban a ver Netflix en streaming, almacenar cosas en la nube o hacer cualquiera de las innumerables cosas, tanto estúpidas como importantes, que todos hacemos constantemente en internet.



