Solo 76 de cada 100 asalariados formales mantienen su empleo después de un año, el registro más bajo desde 2016. La destrucción de puestos registrados y la migración hacia la informalidad y el cuentapropismo marcan un deterioro estructural que afecta tanto a quienes tienen trabajo como a quienes buscan insertarse en el mercado laboral.
El mercado laboral argentino atraviesa una transformación que va más allá de la simple pérdida de puestos registrados. La estabilidad del empleo formal se deterioró hasta alcanzar niveles inéditos en la última década. Según los microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC, apenas 76 de cada 100 asalariados privados registrados permanecen en el mismo empleo después de doce meses, el nivel más bajo desde 2016. En 2024-2025, ese número era de 80, mientras que durante el anterior pico de fragilidad, en 2018-2019, se ubicaba en 79.
La pérdida de empleos formales es contundente. Entre noviembre de 2023 y abril de 2026 se destruyeron más de 235.000 puestos asalariados privados registrados (-3,7%), según datos de la Secretaría de Trabajo. En el mismo período, se perdieron 73.000 empleos públicos (-2,1%) y 20.000 en casas particulares (-4,5%). La contracara fue el crecimiento de 150.000 monotributistas (+7,5%). El balance general arroja una pérdida cercana a los 180.000 puestos de trabajo en los últimos dos años y medio.

Pero la destrucción de empleo no es el único fenómeno que preocupa. La fragilidad laboral se manifiesta también en la migración hacia modalidades más precarias. En los últimos dos años, la proporción de trabajadores que pasó del empleo privado registrado al trabajo informal aumentó del 7,1% al 7,8%, mientras que quienes migraron al trabajo por cuenta propia pasaron del 3,4% al 4,6%. Desde Estudios Económicos del Banco Provincia remarcaron que, si bien más del 60% de quienes cambiaron su modalidad de contratación logró permanecer en el mercado, casi todos lo hicieron en condiciones de mayor precarización.
El deterioro también golpea el bolsillo de quienes logran reinsertarse. Un informe de la consultora C-P señala que los asalariados que perdieron su trabajo y consiguieron otro como refugio sufrieron una caída importante de su ingreso real. Quienes pasaron a un empleo informal redujeron su poder adquisitivo un 14%, mientras que aquellos que se autoemplearon tuvieron una pérdida del 28%. En el primer trimestre de 2026, el cuentapropismo alcanzó el 24,2% de los ocupados, su segundo mayor nivel de participación desde 2017, mientras que el empleo asalariado igualó su menor registro histórico.
Este escenario se refleja en la percepción ciudadana. Según la encuesta Latam Pulse Argentina de AtlasIntel y Bloomberg, el 73% de los consultados definió al mercado de trabajo como «malo», y el desempleo se ubicó como el segundo principal problema del país, con el 46,5% de las menciones, solo por detrás de la corrupción (47,7%). La fragilidad laboral, en su peor nivel en una década, marca un punto de inflexión que exige respuestas estructurales para un mercado de trabajo que sigue generando ocupación, pero cada vez con menos calidad y estabilidad.



