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En los tambos robotizados, el forraje exige más precisión

La incorporación de robots de ordeño no implica solamente reemplazar una tecnología por otra. También obliga a repensar aspectos centrales del manejo del tambo, entre ellos la alimentación. En los sistemas automatizados, la forma en que se diseña y ofrece el forraje puede ser determinante para lograr que las vacas mantengan un buen funcionamiento ruminal y, al mismo tiempo, visiten voluntariamente el robot.

Así lo explicó Amélie Mainville Nadon, Directora Canadiense de Servicios Técnicos para Lechería de Purina/Cargill, donde trabaja desde hace 11 años. Licenciada en Ciencias Animales y con una maestría en nutrición de vacas lecheras por la Universidad de Guelph, Mainville Nadon es además Cow Signals Master Trainer y especialista en productividad de tambos, con foco en bienestar animal, análisis de datos, automatización, nutrición y rentabilidad.

El forraje cambia cuando aparece el robot
¿Hay que pensar de manera diferente el forraje para un sistema robótico que para un sistema tradicional? Para Mainville Nadon, la respuesta es sí.

La diferencia está principalmente en la forma en que se estructura la dieta. Mientras en un sistema convencional el productor puede ofrecer prácticamente toda la alimentación a través de un TMR, en un sistema robotizado se trabaja con un PMR y la vaca completa parte de sus requerimientos en el propio robot, donde recibe alimento balanceado.

“Es más importante en un sistema robótico porque uno da la forma de alimentar. En un PMR uno da todo el forraje y después el resto está en el balanceado del robot. Entonces tenemos que pensar en maximizar la calidad aún más que en un sistema tradicional, donde uno pone todo en un TMR”, explicó.

La calidad del forraje, por lo tanto, adquiere una importancia todavía mayor. El objetivo es que la dieta ofrecida en el comedero aporte una base nutricional adecuada y, especialmente, permita sostener la actividad ruminal.

Un PMR con más fibra para estabilizar el rumen
En este tipo de sistemas se manejan niveles relativamente altos de fibra. Mainville Nadon señaló que pueden utilizarse niveles cercanos al 55% de forraje dentro del PMR, buscando garantizar una mayor estabilidad ruminal.

Pero el diseño de la dieta tiene una segunda función: debe contribuir a generar el estímulo necesario para que la vaca se dirija al robot.

“Tenemos que garantizar un rumen más estable y llegar a un nivel de energía para que la vaca tenga la necesidad de ir al robot a comer y a ordeñarse”, explicó.

De esta manera, el manejo nutricional queda directamente vinculado con el comportamiento del animal y con el funcionamiento del sistema automatizado. La dieta no solo debe sostener producción y salud, sino también favorecer una dinámica de visitas que permita aprovechar la capacidad del robot.

Hasta 3.000 vacas: una escala posible
Una de las preguntas habituales alrededor del ordeño robotizado es hasta qué escala puede funcionar de manera eficiente.

La experiencia de Estados Unidos muestra que la tecnología puede utilizarse en establecimientos de gran tamaño. Mainville Nadon mencionó tambos que cuentan con 60 robots y llegan hasta unas 3.000 vacas.

“Hasta 3.000 vacas considero que es un buen sistema”, señaló.

Sin embargo, por encima de esa escala no existe una respuesta única. A partir de las 3.000 vacas, considera necesario comparar las alternativas en función de las características particulares de cada empresa.

“Uno debería evaluar uno u otro sistema considerando las características de la empresa en cuanto a disponibilidad de forrajes, disponibilidad de instalaciones y acceso a tecnologías”, explicó.

Por eso, la decisión de avanzar hacia el ordeño robotizado no debería reducirse a comparar el costo de un robot con el de una sala de ordeño. La escala, la infraestructura disponible, la capacidad de producir forraje, el manejo del rodeo y el acceso a tecnología forman parte de una misma ecuación.

La lechería canadiense: buenos precios y mayor concentración
Desde su experiencia en Canadá, Mainville Nadon también describió una industria que atraviesa un escenario favorable para los productores, aunque con importantes barreras para el ingreso de nuevos establecimientos.

“La industria está saludable, el valor de la cuota le garantiza a los productores un buen precio”, señaló.

El sistema canadiense está caracterizado por el régimen de cuotas, que regula la producción y constituye un elemento central de la economía de los tambos. Al mismo tiempo, el alto valor de esas cuotas dificulta que las nuevas generaciones puedan ingresar a la actividad mediante la apertura de nuevos establecimientos.

“Hay concentración de tambos y es difícil que las nuevas generaciones abran nuevos tambos por el valor de las cuotas”, explicó.

La producción se encuentra especialmente concentrada en el este del país, con Ontario y Quebec como dos de las principales regiones lecheras, además de otras zonas de la costa este.

En cuanto al precio, indicó que actualmente el litro de leche se ubica en torno a los 0,95 dólares canadienses, equivalentes aproximadamente a 0,68-0,70 dólares estadounidenses.

Tecnología, nutrición y rentabilidad
La experiencia canadiense y estadounidense que describe Mainville Nadon muestra que la automatización no puede analizarse como una solución aislada. Los robots modifican la dinámica del tambo y, con ella, también las decisiones nutricionales y de manejo.

En ese contexto, el forraje pasa a ocupar un lugar central: debe ser suficientemente bueno para sostener la salud ruminal y la producción, pero también debe integrarse a una estrategia que incentive el movimiento voluntario de las vacas hacia el robot.

Para una especialista cuyo trabajo combina nutrición, bienestar animal, automatización, análisis de datos y rentabilidad, el desafío parece ser justamente ese: que la tecnología no funcione por separado, sino como parte de un sistema productivo en el que alimentación, comportamiento animal y eficiencia económica estén alineados.

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