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Las esposas de Silicon Valley son las nuevas víctimas de la IA

En primer lugar, lo siento. La IA ya es lo único de lo que habla la mayoría de la gente aquí, y es incluso peor para las esposas tristes.

Una de ellas se mudó de Nueva York por la carrera de su marido. Cofundó una empresa de IA; ahora es jefe de diseño en otra. “Le apasiona”, cuenta ella. “Yo le sigo la corriente”. Eso, cuando puede recordar qué es lo que hace exactamente. “Se me nublan un poco los ojos. Tiendo a desconectar. Se me olvida”. Ella dice que su compañía está a la vanguardia de… algo. Sobre todo, está cansada. “No me esperaba que fuera tan homogéneo”, comenta. “En Nueva York tenía una amiga profesora, una amiga enfermera, una amiga del mundo de la moda, una amiga financiera… y ninguna de nosotras hablaba de su trabajo cuando salíamos. Cada vez que salgo en San Francisco, me siento como en una reunión de trabajo informal. No lo entiendo”.

En cierto modo, es inevitable. La mayoría de los días parece que cada valla publicitaria de la ciudad es sobre IA. Absolutamente todas. “Estoy al borde”, me comenta otra esposa de un empleado de IA, “mientras mi marido pasa manejando y suelta: ‘¡Guau, esa es la valla de mi empresa!’. Genial. Estupendo”. Ella, como casi todas las esposas de IA con las que hablo, no quiere que le cuente los detalles de su situación. Su matrimonio, su posición social y sus finanzas (¡lo que sea para proteger el patrimonio!) están en juego.

Algunas de las esposas tristes son obscenamente ricas; otras tienen dificultades. Pero cuanto más hablo con ellas, más escucho las mismas frases, las mismas quejas, los mismos clichés. Las horas. La obsesión. La sensación de que perderse este momento significaría, para sus esposos obsesionados con la IA, perderse el cambio tecnológico más importante de sus vidas. “De verdad quieren subirse a la ola”, pregunta una esposa de IA. Otra: “Siempre está deprimido por algo”.


ilustración de hombre viendo la pantalla de un celular

Cat Sims

Las consecuencias del boom tecnológico

Yana van der Meulen Rodgers, catedrática de Estudios Laborales y Relaciones de Empleo de la Universidad de Rutgers, tiene una opinión contundente: lo que ocurre en los hogares de la Bay Area no es solo una historia de estilo de vida. Es una historia del mercado laboral. Según Rodgers, el auge de la inteligencia artificial está creando una “tormenta perfecta” de fuerzas que reconfiguran la dinámica de los hogares y que, como era de esperar, se desarrollan en función del género.

La historia es más antigua que Silicon Valley, por supuesto. Cada gran boom tecnológico ha producido la misma figura, la persona que lo da todo a la ola. Durante la revolución industrial, fue el trabajador de la fábrica. Durante la fiebre del oro, fueron los hombres que dejaron a sus familias y se dirigieron al oeste. Durante el boom de las puntocom, fueron los fundadores que dormían bajo sus escritorios en la oficina. Ahora, es la persona que está construyendo, construyendo, siempre construyendo (programando hasta altas horas de la madrugada, actualizando constantemente sus modelos), convencida de que parar cinco minutos significa perderse todo. Los economistas lo llaman el “trabajador ideal”. Rodgers lo llama una trampa. “Alguien que trabaja muchas horas, entregándose por completo a esta nueva fuerza”, explica. “Eso significa menos tiempo en casa para la pareja, menos tiempo para el trabajo de cuidados”.

Aunque las cosas siguen cambiando, algunos análisis sugieren que las mujeres tienen un 20% menos de probabilidades que los hombres de utilizar la IA generativa. “Es una función no del género per se“, sugiere Rodgers, “sino de las ocupaciones que desempeñan las mujeres”. Las mujeres están desproporcionadamente representadas en trabajos (educación, sanidad, servicios sociales) que ahora mismo utilizan menos la IA. El resultado podría ser una desventaja agravada. Con el tiempo, significa menos acceso a las recompensas económicas del boom y más responsabilidad por el trabajo doméstico que este genera.

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