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Vacas, clima y conciencia: lácteos éticos en un mundo cambiante

El bienestar animal, la sostenibilidad ambiental y la confianza del consumidor dejaron de ser conceptos independientes. Un análisis sobre cómo la «licencia social para operar», la longevidad de las vacas y los nuevos estándares de bienestar redefinen el futuro de la producción lechera.

Paredes de cristal
Imagine a un chef de prestigio trabajando en una cocina completamente transparente, rodeada por paredes de cristal y frente a un restaurante lleno. Cada movimiento, cada ingrediente y cada interacción entre el chef y su equipo quedan expuestos al escrutinio de los comensales incluso antes de que prueben el primer plato. Esa es la realidad que enfrenta hoy la producción lechera.

Durante generaciones, la actividad se desarrolló lejos de la mirada del consumidor urbano, al final de caminos rurales donde pocos conocían cómo era el trabajo cotidiano dentro de un tambo. Lo que importaba era el producto final. El proceso permanecía prácticamente invisible. Hoy esa realidad cambió de manera definitiva.

La conectividad global, los teléfonos inteligentes y un profundo cambio cultural derribaron las paredes de los tambos. En una época en la que un video de apenas diez segundos puede recorrer el mundo antes de que finalice el ordeño de la mañana, el consumidor observa, analiza y juzga permanentemente cómo se producen los alimentos.

Quienes trabajamos en la cadena láctea vemos con claridad que el debate ha cambiado de forma profunda y probablemente irreversible. El consumidor ya no se pregunta únicamente si la leche es inocua o de buena calidad. Ahora también quiere saber si fue producida de manera ética, cuál es el impacto climático del establecimiento y cómo fueron tratadas las vacas durante todo el proceso productivo.

Hoy los consumidores no compran solamente calcio, proteína o grasa. También compran valores.

Esa transformación ubica a la lechería frente a uno de sus mayores desafíos: responder a las expectativas de una sociedad que exige sistemas productivos sostenibles, transparentes y respetuosos del bienestar animal.

Para seguir siendo competitiva durante los próximos años, la actividad no puede apoyarse únicamente en la tradición ni en prácticas heredadas. Debe demostrar, con hechos, que sus operaciones diarias son coherentes con los valores que hoy demanda la sociedad.

La fragilidad de la licencia social para operar
En el ámbito empresarial es habitual hablar de habilitaciones ambientales, permisos de uso del agua, certificaciones sanitarias o requisitos para exportar. Sin embargo, existe un activo mucho más importante que ningún productor puede guardar en una carpeta: la Licencia Social para Operar (LSO).

La licencia social representa el consentimiento implícito que la comunidad y la sociedad conceden a una actividad para desarrollarse. No depende de una autoridad gubernamental ni de un trámite administrativo. Se construye exclusivamente sobre la confianza pública y los valores compartidos.

A diferencia de una autorización oficial, que se renueva periódicamente mediante un procedimiento formal, la licencia social debe renovarse todos los días a través del comportamiento de la propia industria.

Para conservar esa legitimidad, la lechería necesita demostrar de manera permanente que sus prácticas son compatibles con las expectativas actuales respecto del bienestar animal y la protección del ambiente. Ya no alcanza con responder ante una crisis mediante campañas de comunicación. La transparencia debe convertirse en una práctica cotidiana.

Ignorar la evolución de los valores sociales tiene consecuencias concretas. Cuando una industria pierde la confianza del público, disminuye la demanda de sus productos, aumentan las presiones regulatorias y crece el respaldo social a normas cada vez más estrictas, muchas veces impulsadas más por la percepción pública que por la evidencia científica.

No es necesario buscar ejemplos muy lejos. Diversas actividades vinculadas a la producción animal, como los sistemas de jaulas en avicultura o determinados modelos de producción de carne de ternera, enfrentaron restricciones regulatorias y comerciales tras perder legitimidad ante los consumidores.

Por ese motivo, garantizar que las prácticas productivas —y especialmente aquellas que involucran el contacto directo entre las vacas y la tecnología de ordeño— sean éticamente sólidas dejó de ser una estrategia de marketing. Hoy constituye una condición indispensable para la sostenibilidad económica y la continuidad del negocio.

Actualizar el «software»: el modelo de los cinco dominios
Responder a estas nuevas expectativas también exige revisar la forma en que el sector entiende el bienestar animal.

Durante décadas, el estándar internacional estuvo basado en las Cinco Libertades, un modelo centrado en evitar estados negativos como el hambre, la sed, el dolor, el miedo o el estrés.

Ese enfoque permitió mejorar significativamente las condiciones de producción y sentó las bases del bienestar animal moderno. Sin embargo, la ciencia veterinaria y el conocimiento sobre el comportamiento animal continuaron evolucionando.

Actualmente, el marco de referencia más difundido es el Modelo de los Cinco Dominios (Mellor, 2020), adoptado por investigadores y organizaciones de bienestar animal en numerosos países.

Los cinco dominios consideran:

  • Nutrición.
  • Entorno físico.
  • Interacciones conductuales.
  • Estado mental.

El aspecto más innovador del modelo es precisamente el quinto dominio: el estado mental y emocional del animal.

Ya no se trata únicamente de evitar el sufrimiento. El desafío consiste en generar experiencias positivas que proporcionen comodidad, seguridad y bienestar durante toda la vida productiva.

Las vacas son mamíferos sensibles, con una importante capacidad cognitiva y una memoria desarrollada. Esa realidad tiene implicancias directas sobre el diseño y el funcionamiento de los equipos de ordeño.

Cuando una vaca ingresa nerviosa a la sala, patea reiteradamente o manifiesta signos de estrés, está expresando un estado de ansiedad. Del mismo modo, una pezonera desgastada, un revestimiento deteriorado o una calibración incorrecta del vacío no solo afectan la eficiencia del ordeño: también pueden generar dolor, miedo y comprometer el bienestar del animal.

Por el contrario, cuando el personal trabaja con calma y respeto, y los equipos funcionan con pulsaciones precisas y componentes correctamente mantenidos, la experiencia cambia por completo. La vaca permanece tranquila, libera oxitocina con normalidad, mejora el flujo de leche y el ordeño se desarrolla con menor estrés.

Comprender esa interacción entre las personas, los animales y la tecnología resulta fundamental para cumplir con las expectativas que hoy plantea el modelo de los Cinco Dominios.

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