
Pero la relación ya no es solo de necesidad. Abraham Cobos, cofundador y director general de la fintech Bando, sostiene que Latinoamérica dejó de ser periférica para el negocio global de las stablecoins. “Hay muchos casos donde 80% de los ingresos de muchas de las empresas más importantes en la industria vienen de Latinoamérica”, afirma. “Aquí está la necesidad, y hay que estar construyendo donde están los problemas y donde están las oportunidades”.
México, en particular, exporta algo más que demanda: un modelo regulatorio. Hugo Castrejón, director general de la firma de infraestructura Dynerox, explica que el país optó por clasificar a los activos virtuales como un bien y no como una moneda de curso legal. “Al no ser una moneda fiduciaria, hoy estamos tratando a los activos virtuales como si fueran una antigüedad, una pintura, un coche, una propiedad, lo cual también le da la libertad a las empresas de utilizarlos”, dijo. Esa decisión, según Castrejón, abrió la puerta a startups que de otra forma habrían necesitado una licencia bancaria.
Miguel González, gerente para México de la firma de cumplimiento Sumsub, añade que la ventaja regional es muy concreta para cualquier viajero. “Cuando antes era cambiar o tener que convertir el dinero para hacer un pago en otro país, ahorita con el tema de stablecoin, con ese mismo pago puedes pagar en diferentes países”, dijo.
Lo que todavía no funciona
No todo, sin embargo, funciona ya. Bernardo Brites, director general y cofundador de Trace Finance, una compañía que mueve pagos entre Estados Unidos, Brasil y México, advierte contra el exceso de entusiasmo. “Mucha gente piensa que las stablecoins son mejores, más baratas y más rápidas para absolutamente todos los flujos. En realidad no estoy de acuerdo”, dice. “Si vas a hacer una operación de 500 millones de dólares, hoy no puedes ejecutarla con stablecoins“, explicó, debido a la falta de liquidez suficiente en monedas locales.
Caitlin Barnett, directora de regulación y cumplimiento en la firma de análisis blockchain Chainalysis, recuerda que la adopción masiva prometida lleva casi una década de retraso. Ella misma ayudó a lanzar una de las primeras stablecoins del mercado, en Gemini, hacia el final de la década pasada. “No creo que viéramos entonces la gran adopción que esperábamos”, reconoce. “Y ahora, casi diez años después, ese sigue siendo el tema del momento”.
Tom Whitworth, director de producto en la gestora de riesgo Gauntlet, señala otro punto débil: el puente legal entre blockchain y el sistema tradicional. “En cuanto nos movemos del mundo on-chain al mundo off-chain, donde intervienen los tribunales, donde interviene la regulación estándar, esa es una ruta que no ha sido probada”, advierte.
El cuello de botella no es el código
Marwan Forzley, director general de la plataforma de pagos Veem, coincide en que el cuello de botella no es la tecnología sino el papeleo. “Los retos en los pagos tienen más que ver con el cumplimiento, el KYC y los temas regulatorios que con la mecánica real de mover el dinero”, dijo. “Esa es la parte difícil”.
Sebastián Villanueva, encargado de ventas para Latinoamérica en la firma Checker, agrega que la región complica ese reto porque cada país juega con sus propias reglas. Cuenta que una antigua jefa, asumiendo que Latinoamérica funcionaba como la zona euro, le pidió abrir una sola cuenta bancaria para operar en toda la región. No fue posible. “Todos los países juegan con distintas reglas”, explicó Villanueva, “a diferencia de, por ejemplo, el mercado europeo”.
